Maspaz aspira a la construcción de la paz global, en un mundo donde se cumplan plenamente los derechos humanos, se respete la democracia, la equidad, la igualdad, y la solidaridad y el entendimiento entre personas y pueblos.
A veces, esa aspiración toma formas inesperadas.
A veces, llega desde Cádiz hasta Asturias en forma de una podenco de tres patas.
Esta es la historia de Simona, Marga y Noemí. Tres mujeres cuyos caminos se cruzaron para demostrar que los valores de Maspaz —solidaridad, inclusión, dignidad, segundas oportunidades— no son conceptos abstractos.
Son Simona caminando con tres patas. Son Marga rescatando desde su propia experiencia migratoria. Son Noemí abriendo su aula y su corazón.
Son la transformación hecha vida.
Marga: la que rescata
Marga Zakrzewska llegó desde Polonia a España. Migrante, rescatista, transformadora.
Durante años rescató perros en Chiclana de la Frontera, en la provincia de Cádiz. Hoy se dedica por completo a coordinar el programa de intervención asistida con animales y sensibilización en Maspaz. Pero lo que aprendió rescatando sigue vivo en todo lo que hace.
Maspaz difunde la cultura asociativa y participativa para prestar servicios a los ciudadanos y ciudadanas, en especial a aquellos colectivos más vulnerables de nuestra sociedad. Marga encarna ese principio desde la experiencia: sabe lo que significa rescatar, cuidar y acompañar.
Quizá por eso entiende tan bien lo que significa empezar de nuevo en un lugar que no es el tuyo.
El rescate
Marga estaba en Chiclana de la Frontera cuando le avisaron desde Roda, otra localidad de la provincia de Cádiz: había una podenco joven, de apenas un año y medio, con una pata delantera destrozada. Sin pensarlo, se fue a por ella.
Los cepos son una realidad silenciada en el mundo rural español. Trampas metálicas que no distinguen entre especies, que atrapan por igual a zorros, perros de caza abandonados y animales domésticos. Son ilegales en muchos países europeos, pero siguen siendo una amenaza real. Simona fue una de sus víctimas.
De camino a Chiclana de la Frontera, Marga llamó a su veterinario para que preparara el quirófano. Sabía que no había tiempo que perder. El trayecto se le hizo eterno: Simona seguía autolesionándose durante el viaje.
Simona vivió años con Marga. Años en los que nadie la adoptó. Marga nunca pensó que alguien se fijaría en ella.
Hasta que alguien lo hizo.
Noemí: la que educa
Noemí Rodríguez Fernández vio una foto y algo en aquella mirada la atrapó.
Doctora en Ciencias de la Educación, profesora en el Grado en Pedagogía de la Universidad de Oviedo, coordinadora de Acción Social en Maspaz, presidenta de la Coordinadora Asturiana de ONGDs.
Una trayectoria académica y activista impecable. Maspaz fomenta actividades educativas, formales y no formales, para el desarrollo y la sensibilización social comunitaria. Noemí lo hace desde la universidad, formando a futuros profesionales de la educación. Lo hace desde Maspaz, coordinando proyectos de transformación social. Y lo hizo, sin saberlo aún, el día que se fijó en aquella foto.
Noemí ya conocía a Marga. No era la primera vez que confiaba en ella. Años antes había adoptado a Silverio, otro perro rescatado por Marga en Chiclana de la Frontera. Aquel primer vínculo —entre una rescatista polaca en Andalucía y una profesora asturiana— ya había demostrado que la distancia no es obstáculo cuando hay confianza.
Le llamó la atención el color, los ojos. En aquella foto no se veía que le faltara una pata.
Cuando se lo dijeron, su respuesta fue inmediata.
Aquel verano, Noemí bajó a Chiclana de la Frontera con toda la familia. El proceso fue lento, pero no difícil. Simona, que había vivido años con Marga esperando una oportunidad que Marga nunca creyó que llegaría, viajó de Cádiz a Asturias. Empezó una nueva vida junto a Silverio, que se convertiría en su compañero durante años.
Noemí quiso ponerle una prótesis. Consultó con veterinarios, buscó opciones. Pero la amputación había sido demasiado alta —Simona se había cortado tanto la pata que técnicamente no era posible colocar ninguna—. Es una pregunta que le hacen constantemente: ¿y una prótesis? La respuesta siempre es la misma: no se puede. Pero Simona no parece necesitarla.
Y Noemí empezó a ver en ella algo más que una compañera recuperada. Veía una lección viva.
Un día, preparando su clase de Atención a la Diversidad y Educación Inclusiva desde el Currículum (2.º del Grado en Pedagogía), tuvo una intuición.
La escena que lo cambió todo
Cada año, cuando llega el tema de resiliencia y discapacidad en la asignatura, Noemí hace algo que no está en ningún manual pedagógico.
Después de semanas trabajando sobre diversidad funcional, pregunta a sus estudiantes:
No. Los animales también. Los perros, por ejemplo.
Pone el vídeo del rescate de Simona. La trampa. La autoamputación. La supervivencia. El silencio en el aula es absoluto. Algunos ya lloran.
Noemí sale del aula sin decir palabra.
Vuelve con una caja enorme.
Dentro, su abrigo. Y dentro del abrigo, Simona.
La primera reacción es el llanto. Luego los abrazos. Simona, encantada, hace lo que mejor sabe hacer: da con la pata delantera derecha —la única que le queda— para que le acaricien. Los estudiantes entienden sin palabras lo que ningún manual explica: la resiliencia no se estudia, se encarna.
Ocurre una vez al año. Solo una. Y por eso cada vez tiene la fuerza de la primera.
Simona: la que enseña
Simona es un podenco de aproximadamente 14-15 años. Y es un poco terca.
Esa terquedad probablemente es lo que la mantuvo viva cuando quedó atrapada en aquel cepo con apenas año y medio de vida. La voluntad de no rendirse. De hacer lo impensable para seguir adelante.
Pero Simona, que sobrevivió a un cepo, a dos operaciones, y viajó de Cádiz a Asturias, no parece enterarse de sus limitaciones. Aunque ya es mayor y perra de caza de origen, lo que más disfruta es estar en casa, tumbada en el sofá. Con los años se ha vuelto más tranquila, más casera. Y está un poco obsesionada con la comida.
Simona nunca se certificó como perra de terapia. Pero ha estado presente en las clases de Atención a la Diversidad en el Grado en Pedagogía, la defensa de una tesis doctoral sobre empatía animal (con medios de comunicación presentes), eventos de Maspaz y el Congreso Internacional de Intervención Asistida con Animales que Maspaz organiza cada año.
En cada uno de esos espacios, Simona hace lo mismo: existir. Caminar con sus tres patas. Dejarse acariciar. Ser terca cuando le apetece.
Y eso, de alguna forma, enseña más que cualquier protocolo.
Donde se encuentran las tres
Hoy, Simona sigue siendo la compañera de Noemí. Silverio, el otro perro que las unió, murió hace poco. Fueron compañeros durante años. Ahora Simona es la única, un poco más mayor, un poco más terca, un poco más aficionada al sofá. Sigue entrando en el aula cada año, cuando toca resiliencia. Sigue enseñando sin proponérselo.
Marga se dedica hoy por completo a Maspaz, que ya organiza su IV Congreso Internacional de Intervención Asistida con Animales y ofrece formación gratuita en intervención asistida con perros. Lo que aprendió rescatando en Cádiz lo aplica ahora transformando vidas en Asturias. Sigue siendo puente: entre Polonia y España, entre el abandono y la segunda oportunidad.
Noemí sigue formando a futuros profesionales de la educación desde la universidad y demostrando que la inclusión no es teoría. Es práctica. Es Simona entrando en el aula y enseñando que todos, absolutamente todos, tenemos algo que aportar. Y desde su trabajo en Maspaz y la Coordinadora Asturiana de ONGDs, sigue tejiendo redes de solidaridad y transformación social.
Tres mujeres que han cruzado fronteras. Tres formas de transformar. Una sola lección:
Epílogo: lo que Simona enseña sin palabras
Simona nunca pasó un examen de certificación. Nunca siguió un protocolo de terapia. No le hace falta. Le basta con existir.
Pero ha enseñado a decenas de estudiantes que la inclusión es mirar a un ser diferente y ver a un ser completo. Que la resiliencia no es aguantar, es transformarse. Que la diversidad funcional no es un problema a resolver, es una realidad a celebrar. Que cruzar fronteras —físicas, geográficas, emocionales— no te hace vulnerable. Te hace fuerte. Que a veces, tres patas son más que suficientes para cambiar el mundo.
Y todo eso lo enseña haciendo lo único que sabe hacer: vivir. Y pedir comida.
Maspaz aspira a la construcción de la paz global, trabajando por un mundo donde se cumplan plenamente los derechos humanos y florezca la solidaridad entre personas y pueblos.
Simona, Marga y Noemí son esa aspiración hecha carne, hecha patas, hecha aula.
Son la prueba de que la paz se construye también rescatando a quien otros abandonan, acogiendo a quien viene de lejos, y enseñando que la diversidad no es un problema: es la solución.
Tres mujeres. Tres patas. Un mundo más justo, un estudiante a la vez.